
La comodidad del agravio.
09/07/2026 Clara Linde
Hay frases que terminan pareciéndose más a un refugio que a una explicación. Uno entra en ellas, cierra la puerta y, al poco tiempo, ya no quiere salir. “No es culpa tuya”. “Te lo hicieron”. “Siempre han querido perjudicarnos”. “Si no estamos mejor es porque otros no nos dejan”. Al principio esas palabras pueden sonar justas, incluso necesarias. Hay daños reales, abusos reales, injusticias que no conviene disolver en esa pedagogía cruel que exige a las víctimas responsabilizarse de todo. Pero una cosa es reconocer una herida y otra muy distinta construir alrededor de ella una patria moral.
A una persona se la puede consolar tanto que se la incapacite. Se le puede repetir con tanta insistencia que todo cuanto le ocurre procede de la maldad ajena que, al final, pierde la parte más humilde y más difícil de la libertad: preguntarse qué parte depende todavía de ella. Esa pregunta no absuelve a nadie ni borra las circunstancias, pero abre una rendija. Sin ella, la vida se convierte en un expediente de agravios. Cada fracaso confirma la teoría. Cada contratiempo encuentra enseguida un rostro enemigo. Cada crítica se vuelve una ofensa más, una prueba añadida de la conspiración general.
Lo más grave es que este mecanismo no solo desplaza la culpa: transforma la identidad. Deja de ser “tenemos historia, logros y defectos” para convertirse en “somos a quienes les hicieron esto”. La identidad negativa es más simple, más cohesiva y mucho más fácil de instrumentalizar. Pero paga un precio terrible: quien se define por sus heridas necesita que las heridas nunca cicatricen del todo.
En los individuos, ese mecanismo produce amargura. En los grupos, produce historia adulterada. Basta convencer a una comunidad de que todos sus males vienen de fuera para darle una identidad instantánea. Ya no hace falta preguntarse quiénes somos, qué hemos hecho, qué no hemos sabido hacer, qué responsabilidades compartimos. Es suficiente con señalar a los otros. Los otros tienen la culpa. Los otros nos robaron, nos humillaron, nos impidieron ser lo que merecíamos ser.
Puede ocurrir en un país, en una ideología, en un colectivo, en una etnia o en cualquier grupo identitario. No importa el color del agravio: sea nacionalista, clasista, racial, de género o religioso. El mecanismo es idéntico. Cambia el uniforme del enemigo, pero la trinchera sigue siendo la misma.
Lo más fácil es reconocer esta trampa en los demás. La vemos enseguida cuando la practica el adversario político, el país vecino o la causa que no compartimos. Entonces nos parece evidente: exageran, simplifican, se victimizan. Pero la verdadera prueba empieza un paso después, cuando somos capaces de preguntarnos si nuestro propio grupo, nuestra propia ideología o nuestra propia memoria no están haciendo exactamente lo mismo. Quienes solo detectan el patrón en los otros siguen presos de él.
El agravio une mucho. Une más deprisa que la esperanza, más fácilmente que el trabajo común. Proporciona explicación, pertenencia y superioridad moral. Quien se siente agraviado no solo sufre: también se siente inocente. Y esa inocencia puede resultar embriagadora. Un grupo que se acostumbra a verse únicamente como víctima acaba encontrando sospechosa cualquier forma de autocrítica. El discrepante se convierte en desertor. El matiz parece cobardía. La duda, traición.
Por eso conviene hacerse una pregunta sencilla, casi incómoda: ¿y si yo también estoy cayendo en esto? ¿Y si algunas de las frases que repito para defenderme ya no me ayudan a entender mejor, sino a no mirar mi parte? ¿Y si el enemigo existe, pero no explica todo?
Salir de la comodidad del agravio exige tres cosas difíciles: memoria sin rencor, crítica sin traición y esperanza sin ingenuidad. Requiere aceptar que la justicia perfecta rara vez llega y que, aun así, vale la pena construir. Significa entender que la autocrítica no es debilidad de ningún bando, sino su única posibilidad de grandeza. Las sociedades que lo logran no borran su dolor; simplemente se niegan a que el dolor las posea.
Así nacen muchas formas de fanatismo blando antes de convertirse en fanatismos duros. No empiezan necesariamente con gritos ni con banderas, sino con una simplificación. Allí donde había causas mezcladas, aparece una causa única. Donde había historia, aparece leyenda. Donde había vecinos, aparecen bandos. El mundo se vuelve más fácil de entender y mucho más difícil de habitar.
La tragedia es que el lenguaje del agravio suele aprovecharse de dolores verdaderos. No inventa siempre la herida: la administra. Hay líderes que no necesitan solucionar los problemas de quienes los siguen; les basta con señalarles cada día quién tiene la culpa. Su poder depende de que la reparación nunca llegue, de que la ofensa se renueve y de que el enemigo siga siendo necesario.
Frente a ese veneno, la respuesta no puede ser una moralina cómoda sobre la responsabilidad individual, como si todos partiéramos del mismo lugar. Pero tampoco puede ser la rendición ante el relato que nos absuelve de todo. La madurez de una persona, como la de un grupo, empieza cuando es capaz de sostener dos verdades a la vez: que otros pueden habernos dañado, y que no todo lo que somos se explica por ese daño; que hay injusticias que deben ser nombradas, y que nombrarlas no debería impedirnos actuar.
Quizá la pregunta más difícil no sea “¿quién nos hizo esto?”, sino “¿qué hacemos ahora con lo que nos hicieron?”. La primera pregunta puede ser justa. La segunda es imprescindible. Sin ella, el pasado no ilumina: encarcela. La identidad deja de ser una casa compartida y se convierte en una trinchera.
Hay comunidades que avanzan cuando convierten el dolor en responsabilidad. Y hay otras que se detienen cuando convierten la responsabilidad en dolor. A fuerza de repetir que la culpa siempre viene de fuera, pueden terminar entregando fuera también su libertad. Porque quien necesita un culpable para explicarlo todo acaba necesitando también un amo que se lo señale cada mañana.
Y la libertad, al final, consiste precisamente en aprender a vivir sin amo ni excusa perfecta.









