
Casavieja y el Valle del Tiétar. Lecciones de una catástrofe evitable.

La Sierra de Gredos protege al Valle del Tiétar de los vientos del norte y hace posible un
microclima excepcional. Gracias a él, esta comarca reúne una de las masas forestales más
importantes de España, un mosaico de pinares, robledales, encinares, gargantas y cultivos
mediterráneos que durante siglos ha dado forma a nuestro paisaje y a nuestra manera de vivir.
Porque es este, un territorio profundamente humanizado. Aquí, la naturaleza, la agricultura,
el turismo y la vida cotidiana no compiten entre sí: se necesitan mutuamente. Por eso,
cuando el fuego alcanza este paisaje, no solo quema árboles, hiere el corazón económico,
social y emocional de toda una comarca.
Soy Joaquín, vecino de Casavieja, y he desarrollado mi vida profesional compartiendo este
rincón del mundo con quienes nos visitan.
Como todos los vecinos del Valle, he seguido, al detalle y con dolor, toda la evolución del
mayor incendio de la historia de España desde que se tienen datos. Permanecí en mi
pueblo hasta que no tuve más remedio que evacuar a mi familia y, en cuanto las
circunstancias lo permitieron, regresé, encontrando entre las cenizas una raíz compartida
con mis vecinos, que nos une a esta tierra y que el fuego no ha podido quemar, haciéndola más fuerte.
Voy a contaros lo que vivimos miles de nosotros, intentando que estas palabras recojan la
voz de mis vecinos, rescaten esa raíz común que nos une y dejen a un lado aquello que por
momentos nos separa.
De una catástrofe así nacen preguntas inevitables. Nuestra responsabilidad no es buscar
revanchas ni señalar culpables, sino encontrar respuestas. Necesitamos despejar el humo
del camino; solo así aprenderemos a evitar que una tragedia como esta vuelva a repetirse.
Ocho horas fatídicas
Eso fue lo que tardó el fuego en recorrer la distancia que separa la cumbre de la Sierra de
Gredos del río Tiétar, arrasando cuanto encontraba a su paso. Ocho malditas horas.
Cuando el fuego alcanza ese comportamiento y esa velocidad de avance, deja de ser un
incendio forestal convencional para convertirse en una fuerza prácticamente imposible de
detener. En ese momento ya no se combate de frente. Solo queda proteger vidas, defender
los flancos desde zonas seguras, utilizar caminos, carreteras y terrenos de cultivo como
líneas de defensa e intentar, con el enorme esfuerzo de los profesionales y de tantos
voluntarios, ralentizar su avance.
Nadie que estuviera allí puede afirmar con honestidad que ese incendio pudiera apagarse
durante esas ocho horas. La pregunta no es esa. La pregunta es por qué llegamos a ese punto.
Las setenta y dos horas anteriores
Todo comenzó en el término municipal de Burgohondo. Una chispa originada durante unos
imprudentes trabajos con maquinaria pesada desencadenó el incendio.
Durante los tres días siguientes, el fuego avanzó por la vertiente norte del Macizo Oriental
de Gredos sin control. Tras Burgohondo y Navaluenga, donde ha originado importantísimos
daños, alcanzó La Rinconada, el camping de las Cruceras y el Valle de Iruelas, arrasando
uno de los espacios protegidos de mayor riqueza de nuestra provincia. Siguió avanzando
hacia El Tiemblo, amenazando ya viviendas y urbanizaciones y aumentando el riesgo de
que acabase uniéndose al incendio declarado en la Sierra Oeste de Madrid.
La prioridad del operativo se centró en poblaciones y viviendas amenazadas, y sus
esfuerzos estaban puestos en evitar la fusión de ambos incendios, una decisión que
cualquiera puede comprender.
Pero, mientras tanto, desde la tarde del mismo miércoles, comenzaron a descolgarse
distintos focos por la vertiente sur de la sierra. Ardían piornos y matorral en la parte alta y,
por la lejanía a los núcleos de población y la dirección del viento, no suponían, de momento,
una amenaza real.
Muchos pudieron pensar que aquello era un problema menor; hoy podemos afirmar que era
el momento decisivo.
La sierra estaba avisando y recordando que un fuego hay que atacarlo, cuando su extinción
es posible. En el incendio de 2005, que ya golpeó el monte de Casavieja arrasando 630
hectáreas de pinar y llevándose la vida del brigadista y amigo Javier Tirado; entre golpe de
azadón y rastrillo, alguien me dijo: «Hay que cortar la cola del ratón para que no se
convierta en cabeza de león». Este hubiera sido el momento.
Así continuó hasta el viernes por la tarde y los focos ya eran más evidentes; en los altos de
Casavieja y Piedralaves se mantenían en zonas altas de matorral; en La Adrada, el fuego
había descendido algo más (cuando yo fui a verlo, a las seis de la tarde, ya alcanzaba
algunas zonas de pinar y aquí sí había algunos medios trabajando).
La tarde del viernes, varios vecinos de Casavieja subieron hasta las inmediaciones del
Puerto del Alacrán para intentar contener uno de aquellos descuelgues. Lo hicieron con
azadones, rastrillos y motosierras, pero sobre todo con la experiencia acumulada tras
décadas conviviendo con el monte y con la convicción de que todavía existía una
oportunidad. Horas después, todos repetían las mismas frases: «Lo tuvimos ahí. Nos
faltaron dos horas de luz.»
Otros añadían otra reflexión que se escuchó insistentemente durante aquellos días entre los
vecinos y en cualquier corrillo que se formaba en las calles:
«Media hora de helicóptero habría cambiado la historia.»
Y así fue como miles de personas vimos cómo el fuego se descolgaba por la ladera,
bajando hacia nosotros como una película de terror en cámara lenta, fotograma a
fotograma, durante setenta y dos horas interminables. Fue la agonía de la inacción: la
dolorosa certeza de que lo que era una simple «cola de ratón» se estaba convirtiendo, ante
la pasividad general y salvo por el valor de aquellas cuadrillas improvisadas, en el más fiero
de los leones.

Mientras, los mapas del tiempo dictaban nuestra sentencia. Todos sabían que el viento
cambiaría; era una certeza técnica que los responsables desoyeron entre declaraciones de
falsa calma sobre la suficiencia de medios que para nosotros, que esperábamos media hora
de helicóptero, resultaban incomprensibles. Hubo tiempo y hubo avisos y no entendemos
por qué no se actuó sobre esos focos cuando aún eran extinguibles.
Entre la noche del viernes y la mañana del sábado, el viento de noreste remontó la cumbre,
perdió su humedad y se desplomó sobre el Valle del Tiétar, convertido en un vendaval
cálido y seco. Aquel «efecto secador» transformó los rescoldos en un infierno imparable que
avanzaba a una velocidad desconocida, devorando en apenas ocho horas decenas de
miles de hectáreas, sueños y proyectos de vida.

Las preguntas
Es aquí, en la calma tensa previa a la catástrofe, donde nacen las dudas que nos siguen
persiguiendo. No cuestionamos la labor de quienes combatieron las llamas —hacia ellos, mi
admiración es absoluta— ni las decisiones tomadas cuando el incendio ya amenazaba
nuestras casas y vidas.
Las preguntas miran al tiempo anterior:
¿Se hizo todo lo posible durante aquellos tres días para evitar que el fuego cruzara la
vertiente sur? ¿Se valoró realmente el riesgo que suponía el cambio de viento anunciado?
Había una oportunidad real de contener aquellos descuelgues antes de que se convirtieran
en un frente imposible. ¿Por qué no se aprovechó?
Necesitamos respuestas, no por revancha, sino porque nuestra tierra nos exige aprender. Si
hubo aciertos, deben explicarse; si hubo errores, deben reconocerse. Solo así impediremos
que una tragedia de estas dimensiones vuelva a repetirse.
¿Y ahora qué?
Este incendio ha herido un paisaje que daba sentido a una comarca entera, ha golpeado la
economía de cientos de familias y ha puesto en peligro el tejido vivo de nuestros negocios,
campamentos y alojamientos rurales. Ha cambiado el horizonte con el que crecimos.
Pero no ha destruido lo que hace único a este valle: la naturaleza volverá. Los bosques
volverán. Las gargantas seguirán naciendo en la sierra y buscando el Tiétar.
Nosotros también seguiremos aquí.
Y los que nos visitáis volveréis, algunos ya lo habéis hecho. Gracias. Y no por solidaridad,
sino porque este valle sigue siendo uno de los lugares más extraordinarios de España y
porque visitarnos hoy no es venir a contemplar una tragedia, es formar parte de su
recuperación y exigir, con nosotros, las explicaciones que aún faltan.
Posdata: El abrazo que nunca llegó
Cuando nuestros montes eran ya un inmenso cenicero, cuando habíamos vivido el peor día
de nuestras vidas con cientos de vecinos evacuados y sin saber si, al volver, encontrarían
un hogar o solo ruinas. Cuando nuestros mayores, nuestros niños, nuestros enfermos y
dependientes comenzaban, al fin, a recuperar el aliento…llegó el domingo. Fue el día de los abrazos.
Los responsables políticos provinciales y autonómicos, recorrieron los municipios afectados
del Valle del Tiétar trasladando su apoyo institucional. Y me parece bien. En momentos así,
un abrazo no apaga el fuego, pero dice algo esencial: «No estáis solos».
Sin embargo, hubo un pueblo donde ese abrazo nunca llegó. Justo antes de entrar en
Casavieja —el municipio que ha perdido cerca del noventa por ciento de su término
municipal en el mayor incendio forestal de nuestra historia, siendo el municipio más
afectado —, la comitiva dio media vuelta.
Desconozco los motivos, pero hay gestos cuya ausencia pesa más que cualquier
explicación. Porque aquel abrazo no era para un alcalde, ni para una fotografía, ni para un
titular. Era para un pueblo resiliente, que ha visto arder su paisaje, el trabajo de toda una
vida y una parte de su futuro.
Casavieja sigue aguardando ese reconocimiento pendiente, y es nuestro derecho
reclamarlo. Pero pasó el tiempo ya de gestos simbólicos, es el momento de garantizar que
en la reconstrucción, estaréis a la altura y sabréis apoyaros en el profundo sentir de nuestra
tierra y de quienes la habitamos.
Porque también somos el Valle del Tiétar.
Joaquín C. Fuentes es vecino de Casavieja y profesional del sector turístico en el Valle del Tiétar.
Testigo directo del incendio, colabora activamente en la recuperación y la puesta en valor de la comarca.









