
QUE EL FUEGO NO NOS QUEME DOS VECES

Bomberos y voluntarios combaten las llamas en las zonas altas de Casavieja. Autor: Emilio Fraile
El miércoles 22 de julio, hacia las tres de la tarde, regresaba al Valle del Tiétar conduciendo desde Madrid. Al otro lado de la montaña se levantaba una enorme columna de humo. El incendio de Burgohondo había comenzado hacía apenas unas horas.
El viento empujaba el humo hacia el este.
Aún no era nuestro fuego.
Eso creíamos.
Mirábamos hacia el Alberche, hacia Iruelas, hacia los pueblos que estaban sufriendo, y nos dolía como duele la desgracia de un vecino. Porque al otro lado de la sierra también viven los nuestros.
La montaña separa vertientes, no afectos.
Al día siguiente, el incendio había desbordado ya los nombres de los términos municipales y las líneas de los mapas.
Empezó a enseñar los dientes por la cara sur.
Al principio parecía pequeño: una línea lejana allá arriba, cerca de la cumbre. Lo conocemos. Hemos convivido siempre con él. Lo hemos apagado muchas veces. Pero también sabemos que puede vencernos.
La noche del 24, a pesar del esfuerzo de los vecinos —solo de los vecinos— por apagarlo en la cumbre, el fuego siguió avanzando. Vimos desde el pueblo una enorme V de fuego descendiendo lentamente por la montaña.
Algunos llorábamos ya.
No porque supiéramos exactamente qué iba a ocurrir, sino porque reconocíamos la posibilidad. El fuego parecía bajar despacio, pero las distancias engañan cuando arde una sierra. El viento estaba cambiando. Lo que durante dos días había sido la desgracia del otro lado empezaba a buscar el camino hacia nuestras casas.
El día 25, el viento del norte había cubierto de humo el cielo de Casavieja. Al amanecer nos reunimos unas sesenta personas en la plaza de los Tejares, que durante aquellos días se convertiría en el punto de coordinación vecinal.
Subimos al monte en coches. Arriba se sumaron algunos vecinos más. Había quienes habían trabajado antes en incendios o conocían bien la montaña. Otros no habían sujetado nunca una herramienta en una situación semejante.
No deberíamos convertir aquella mañana en una estampa romántica.
Éramos vecinos asustados que no podían quedarse mirando cómo el fuego se comía nuestros bosques.
En el punto donde terminó nuestra subida encontramos un retén. Nos advirtieron de que el incendio ya había saltado por debajo de nosotros.
Si nos quedábamos con fuego a nuestras espaldas, las llamas podían cerrarnos el camino de regreso. En una ladera tan inclinada, con vegetación densa y una retirada larga, quedar atrapados podía significar morir asfixiados o abrasados.
Decidimos bajar.
Retirarse no fue rendirse.
Fue negarse a regalarle vidas al incendio.
Descendimos hasta una zona en la que todavía parecía posible intentarlo. Allí, en un arrastradero, comenzamos a abrir una línea de defensa.
Unos retirábamos vegetación y raspábamos el suelo hasta descubrir la tierra mineral. Otros derribaban pinos para romper la continuidad del combustible. Quienes teníamos alguna experiencia enseñábamos sobre la marcha a quienes nunca habían trabajado en el monte.
Queríamos decirle al fuego:
De aquí no pasas.
Pero el fuego no escucha.
Al cabo de un tiempo, miembros del operativo de la Junta volvieron a advertirnos de que las pavesas habían encendido nuevos focos por debajo de nuestra posición.
Tuvimos que abandonar también aquella línea.
Y seguimos bajando.
Cada retirada era algo más que un desplazamiento sobre la montaña. Era un mapa de pérdidas: una ladera, un pinar, el camping, la granja escuela, el manantial, campos de unos, trabajos de otros...
El paisaje no es el fondo de nuestra vida.
Es una parte de ella.
Bajábamos cada vez más, dando por perdida una parte mayor de nosotros mismos.
Al final retrocedimos hasta Las Lagunillas, la parte más alta del pueblo.
Allí estábamos vecinos, voluntarios, retenes, bomberos y la BRIF de La Iglesuela. Preparábamos las casas para lo que venía. Tendíamos mangueras, retirábamos leña y materiales inflamables, limpiábamos alrededor de los edificios y colocábamos aspersores.
Entonces llegó.
Quienes estuvieron en Las Lagunillas no olvidarán nunca aquello.
El fuego no solo crepitaba.
Silbaba en un huracán de viento que arrastraba polvo, calor y pavesas.
El aire se volvió negro. Las pavesas pasaban por encima de nuestras cabezas y caían en los prados situados más abajo. Aparecían focos detrás, a los lados, delante. Miraras hacia donde miraras, algo ardía.
Algunos equipos tuvieron que replegarse cuando ya no podían permanecer con seguridad en determinados puntos. Otros profesionales, brigadistas y voluntarios continuaron mientras fue posible.
No había espacio para discursos.
Solo decisiones pequeñas y urgentes.
Quitar aquello.
Encender aquel riego.
Tirar más manguera.
Traer a aquel camión.
Cortar esas ramas.
Cerrar esa brecha.
Las Lagunillas, El Mancho, Rojuelos, los caminos, los pajares, los corrales. Las llamas aparecían en distintos lugares y corríamos hacia ellas como mejor podíamos.
Guiábamos a los camiones hasta los nuevos focos. Transportábamos personas y mangueras. Retirábamos objetos inflamables. Raspábamos el suelo. Cortábamos vegetación.
Ahora sí.
Hasta aquí.
Las casas no.
No sé qué parte exacta de lo que se salvó correspondió a cada manguera, a cada brigada, a cada vecino, a cada cambio de viento o a cada decisión del operativo.
Además de los vecinos hubo profesionales que trabajaron hasta el límite de sus fuerzas y personas que llegaron desde lejos para defender pueblos que no eran los suyos.
Sé lo que vi.
Cada vez que el fuego encontraba una brecha, alguien corría a cerrarla.
Perdimos el monte, pajares, corrales, almacenes y algunas viviendas. En torno al pueblo parecía arder el mundo entero. Sin embargo, las llamas no devoraron el casco urbano.
Y allí ocurrió algo que no aparece en los mapas de superficie quemada.
Personas que llevaban tiempo sin hablarse volvieron a hablarse.
Vecinos distanciados se ayudaron.
Quien pensaba de una manera sujetaba la misma manguera que quien pensaba exactamente lo contrario. Nadie preguntaba qué votaba la persona que aparecía con una desbrozadora, un depósito de agua, una herramienta o dos brazos dispuestos a trabajar.
A mí también me ocurrió.
No nos reconciliamos de pronto con todas nuestras diferencias. No resolvimos antiguos conflictos ni dejamos de pensar de manera distinta.
Simplemente recordamos algo más importante:
antes que adversarios imaginarios, somos vecinos reales.
No nos unió pensar igual.
Nos unió comprender que el problema era de todos.
Durante aquellas horas no fuimos de izquierdas ni de derechas, de un pueblo ni de otro, recién llegados ni nacidos aquí. Fuimos personas tratando de impedir que el fuego se llevara las casas de todos.
Y esa unidad no fue una emoción bonita.
Fue un instrumento de supervivencia.

Vecinos de Casavieja descienden del monte tras participar en las labores de defensa. Autora: Iranzu G. Vergara
Cuando volvió la cobertura
Durante buena parte de aquellos días tuvimos poca electricidad, poca cobertura y escasa comunicación con el exterior.
Y, sin embargo, quizá hacía años que no estábamos tan comunicados entre nosotros.
Nos mirábamos. Nos buscábamos. Preguntábamos qué hacía falta.
Alguien sabía dónde había una manguera.
Otro, quién necesitaba ayuda.
Otro, cómo llegar hasta una casa.
Otro, dónde podía aparecer el siguiente foco.
Después fueron regresando la luz, los teléfonos y las pantallas.
Y con ellos regresó también el ruido.
Mensajes, vídeos, consignas, acusaciones, propaganda. Relatos apresurados que pretendían resumirnos en una frase: quiénes eran los buenos, quiénes los malos, en qué bando debíamos colocarnos.
No todas nuestras diferencias vienen de fuera. Son nuestras y seguirán existiendo cuando desaparezca el humo. Pero desde fuera llegarán también guerras partidistas, intereses y simplificaciones dispuestas a utilizar nuestro dolor como combustible.
Es una tentación poderosa.
Cuando ocurre una catástrofe, todos queremos una explicación inmediata y un culpable sencillo. El enfado retiene la atención. El miedo se comparte. La indignación da audiencia. La complejidad, casi nunca.
Pronto veremos el espectáculo conocido.
Unos acusarán a los otros. Los otros responderán con un «y tú más». Cada cual seleccionará las imágenes que confirmen su relato.
Y el sufrimiento de nuestros pueblos acabará convertido en munición para una batalla que no es la nuestra.
No debemos permitirlo.
Eso no significa callar.
La unidad no exige renunciar a la crítica, ocultar errores ni agradecer lo que no haya funcionado. Tendremos que hacer preguntas, conocer las decisiones adoptadas y exigir responsabilidades cuando corresponda.
Pero una cosa es buscar la verdad y otra utilizar el dolor para fabricar enemigos.
Una cosa es pedir explicaciones a las instituciones y otra convertir al vecino que piensa diferente en responsable de nuestra desgracia.
Después supimos que quizá ni siquiera había hecho falta que ardiera. Que un trabajo prohibido, en un día de riesgo extremo, pudo encender la primera chispa. Preguntar eso también es buscar la verdad, no fabricar un enemigo.
Pensar distinto no nos convierte en adversarios.
Vivir aquí nos convierte en responsables unos de otros.
El monte ya ha ardido una vez. El peligro ahora es que el fuego salte de una pantalla a otra, de una casa a otra, de un pueblo a otro, hasta incendiar también nuestra convivencia.
El incendio después del incendio
Lo peor que puede sucedernos ahora no es solamente que las ayudas sean insuficientes o lleguen tarde.
Lo peor sería que cada persona dañada tuviera que enfrentarse sola a lo que viene.
Que cada ayuntamiento peleara por separado.
Que cada pueblo tratara de atraer hacia sí la atención, las ayudas y las fotografías.
Que quienes mejor saben hacerse oír recibieran más, y quedaran atrás las personas mayores, quienes viven solos, quienes no saben a qué puerta llamar.
La solidaridad sin coordinación puede llenar un almacén y dejar abandonada una casa.
Lo peor sería que empezáramos a competir por quién ha sufrido más, quién merece más o quién aparece antes delante de una cámara.
Lo peor sería que las decisiones sobre el futuro de nuestros pueblos se tomaran sin escuchar a quienes viven aquí, conocen el territorio y permanecerán cuando se hayan marchado los focos informativos.
Y lo peor de todo sería que, mientras afrontamos las pérdidas, nos dedicáramos a luchar entre nosotros.
Pero existe otro futuro.
La unidad que apareció durante el incendio puede desaparecer con el humo o puede acompañarnos en los meses y años que vienen.
No necesitamos pensar todos igual.
Necesitamos unos mínimos compartidos.
Que nadie quede solo.
Que los pueblos no compitan entre sí.
Que sepamos escucharnos antes de repetir una consigna llegada de fuera.
Que seamos capaces de distinguir entre quien viene a ayudar y quien viene a utilizar nuestro dolor.
Que recordemos que el vecino que piensa diferente puede ser mañana quien sujete la otra punta de nuestra manguera.
Las instituciones tendrán responsabilidades que asumir. Los ayuntamientos, las asociaciones, los profesionales y los vecinos tendremos también las nuestras.
Pero hay algo que ninguna administración puede decretar ni ninguna subvención puede comprar: la confianza necesaria para trabajar juntos.
Tenemos que mantener vivo el Valle.
Volver a encontrarnos.
Ayudar a quien ha perdido mucho sin convertirlo para siempre en una víctima.
Sostener nuestros comercios, nuestros alojamientos, nuestras actividades, nuestra vida cotidiana.
Recordar el incendio sin permitir que toda nuestra identidad quede sepultada bajo él.
Volver a la normalidad no significa olvidar.
Significa impedir que el fuego continúe ganando.
Una comunidad no se recupera únicamente cuando reconstruye sus casas o reabre sus carreteras. Se recupera cuando conserva sus vínculos y es capaz de caminar unida sin renunciar a sus diferencias.
El cortafuegos que necesitamos ahora
La mañana del día 25 raspábamos el suelo para romper la continuidad del combustible. Quitábamos ramas, matorral y árboles para impedir que las llamas encontraran un camino fácil hacia las casas.
Ahora tendremos que construir otro cortafuegos.
No estará hecho de tierra desnuda ni atravesará una ladera. Tendrá que levantarse entre nosotros y la cizaña que tratará de dividirnos.
No para impedir la discrepancia.
No para silenciar preguntas.
No para proteger a ningún gobierno, partido o institución.
Sino para evitar que nuestras diferencias se conviertan en combustible.
El incendio nos ha enseñado qué es lo mejor y qué es lo peor que puede sucedernos.
Lo mejor fue ver a personas distintas corriendo hacia el mismo problema, cada una haciendo lo que sabía, podía o se atrevía a hacer.
Lo peor sería olvidar esa lección en cuanto vuelvan completamente la luz y la cobertura.
En Las Lagunillas, cuando el cielo se volvió negro y las pavesas pasaban por encima de nuestras cabezas, nadie preguntó a quien sujetaba la otra punta de la manguera qué pensaba, de dónde venía o a quién había votado.
Solo importaba que no la soltara.
Ese fue nuestro mayor recurso.
El único que no aparece en los presupuestos ni puede enviarse en un helicóptero.
Seguimos siendo las mismas personas.
Las mismas manos.
Los mismos pueblos.
El mismo Valle.
Ahora comienza una tarea más lenta y quizá más difícil que apagar las llamas: defender juntos la vida que debe continuar después de ellas.
Porque, si volvemos a dividirnos, el incendio no habrá terminado.
Después de quemar el monte, acabará quemando también aquello que nos ayudó a resistir.

Un cartel de advertencia contra incendios. Autor: Álvaro García
Que el fuego no nos queme dos veces.




festiva pero también desde la reflexión.





