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Mascaradas De Invierno

27/01/2026 Blas Cencero

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Byung-Chul Han, reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y
Humanidades 2025, viene advirtiéndonos desde hace tiempo de una tragedia silenciosa:
la desaparición de los rituales. No solo las grandes ceremonias —bodas, funerales, ritos
de paso— se marchitan; también se evaporan los pequeños umbrales que daban ritmo y
sentido a la vida cotidiana. Sin ellos, el tiempo se convierte en una cinta interminable de
tareas sin pausas ni puertas; todo pasa, pero nada se asienta ni se comparte.
Para Han, los rituales son una forma lenta de la convivencia: marcan comienzos y
finales, hacen habitable el duelo, ordenan la alegría y nos recuerdan que no existimos
aislados, sino en un “nosotros”. Al perderlos, la sociedad se deshilacha y el individuo se
agota, obligado a sostener a solas el significado de sus días.

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Europa se defendió del invierno durante siglos con máscaras. Entre el solsticio y el
tramo más duro de la estación, cuando la luz parece escasear y los campos duermen,
pueblos enteros sacaban a la calle figuras cubiertas de pieles, cuernos y cencerros. No
era un “carnaval”, sino una ceremonia de paso: un modo de cruzar en común el umbral
del frío y llamar al sol —o, al menos, a su regreso— con la insistencia del ruido y el
movimiento. Estas mascaradas son un sincretismo milenario: ritos agrarios y de
fertilidad, con raíces que algunos sitúan entre el Neolítico y la Edad del Bronce, que
luego se reacomodaron al paso de las religiones dominantes —del politeísmo romano al
islam y luego al cristianismo, vinculándose hoy a santos de febrero y los días previos a
la Cuaresma. A pesar de los recelos del poder, en las periferias y en los pueblos lo
arcaico no muere; aprende a hablar otros idiomas y persiste.
Las mascaradas no nacieron como espectáculo, sino como defensa comunitaria en el
momento más frágil del año: el invierno, la escasez, la oscuridad. Los seres híbridos —
medio humanos, medio animales— no son disfraces, sino figuras de umbral: encarnan
fuerzas que protegen, despiertan y acompañan. El estruendo de los cencerros no adorna:
ahuyenta lo malo, espanta el miedo, sacude la quietud. Y la máscara no oculta,
transforma: quien la lleva deja de ser individuo para convertirse, durante unas horas, en
voz común. El mensaje, dicho a gritos y a campanadas, es simple y antiguo: estamos
aquí, estamos juntos, incluso —sobre todo— en lo más crudo del crudo invierno.
Su mapa ignora fronteras políticas: una franja cultural de oeste a este, desde el Atlántico
y el Cantábrico hasta los Alpes, los Cárpatos y los Balcanes, con mayor densidad en
zonas rurales y montañosas donde el invierno aprieta y la transmisión oral resiste.
Cambian los nombres y las vestiduras, pero la gramática es la misma: máscara, ruido,
purificación, fertilidad, cohesión. En el Valle del Tiétar, ese hilo sigue vivo y vibrante.
En el Tiétar, como cada año, Casavieja convoca a los Zarramaches el 3 de febrero, por
San Blas: cencerros contra el silencio, pieles contra el frío, el pueblo entero como
escenario. Este año, además, el rito se prolonga con una segunda salida el sábado 7,
abriendo de nuevo la puerta al encuentro y a la repetición significativa del gesto.
También Pedro Bernardo llama a los Machurreros el Sábado de Carnaval: máscaras,
cencerros y varas, una visita traviesa y solemne que recuerda que el pueblo se cura
también con risa y rito.

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No hace falta comprenderlo todo para participar. Basta con estar, escuchar y dejarse
alcanzar por ese ruido antiguo. En una época de agendas saturadas y vínculos frágiles,
asistir a estas mascaradas es más que turismo: es activar un mecanismo colectivo que
aún sabe recomponernos. Quien se acerque no solo observa: completa el círculo. Un
ritual sin cuerpos alrededor se convierte en postal; con ellos, recupera su poder:
recordarnos que, antes que espectadores, somos comunidad. Este febrero, en Casavieja
y Pedro Bernardo, el calendario recupera su música profunda. Acérquense con respeto y
curiosidad. Dejen que la máscara haga su trabajo milenario: devolvernos, aunque sea
por unas horas, la fuerza de sostenernos juntos.


Blas Cencero

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