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CANTAR JUNTOS

 Cantar con todos tus vecinos
21/04/2026 Richard K.

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Dijo Mayalde en Mascaravila: “No hay mejor salud social que cantar con tus vecinos. Con todos”.

Conviene quedarse un momento con la frase: cantar con todos tus vecinos.Con el que te cae
bien y con el que te cae mal. Con el que piensa como tú y con el que te parece un necio. Con el
cazador, con el ecologista, con el urbanita intenso, con el nostálgico, con el moderno, con el
que sube al monte con prismáticos y libreta. Si no puedes cantar con ellos, quizá el problema
no sea musical.

Aquí nos gusta pensarnos gente de paz. Y en buena medida lo somos. Nos gustan la
conversación, la plaza, la ronda, la fiesta compartida, el saludo, el favor pequeño, el duelo
acompañado. Pero también nos gusta, cada vez más, decir que media población sobra. No lo
decimos así, claro. Lo adornamos con palabras grandes: convivencia, valores, dignidad, bien
común. Y acto seguido: fuera los fachas, fuera los rojos, fuera los pijos, fuera los jipis, fuera los
cazadores, fuera los ecologistas, fuera hasta los ornitólogos. Ya hay que tener vocación de
cruzada para ver una amenaza en un hombre que murmura “mira, un martín pescador”.


Lo notable no es solo el sectarismo, sino la inocencia con que lo practicamos. Queremos la paz,
sí, pero una paz sin otros. Sin roce, sin contradicción, sin el vecino que nos estropea la pureza
moral del paisaje. Decimos que defendemos el bien, pero a menudo solo defendemos un
balneario ideológico donde nadie nos discuta nada y donde el mérito de los demás es
parecérsenos.


Cuando alguien dice que “a esos” habría que echarlos fuera de nuestros pueblos, conviene
hacerle la pregunta incómoda: ¿cómo exactamente? ¿Esperan que se vayan por voluntad
propia? ¿O prefieren ayudarles con un vacío social, una humillación, una campaña de
desprecio? ¿Y si no se van? Conviene seguir el verbo hasta el final, aunque nos arruine la
sobremesa. Porque mucha gente ama la paz hasta que le piden que conjugue de verdad lo que
significa expulsar.


La guerra no empieza con misiles. Empieza cuando deshumanizas al otro: cuando el vecino
deja de ser una persona concreta y se convierte en una etiqueta, en una caricatura, en una
pieza defectuosa de la comunidad. Antes del primer disparo siempre hubo palabras. Antes de
la ruina, una pedagogía del desprecio.

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Nos tranquiliza pensar que la guerra siempre pasa fuera, en otros mapas. Pero aquí ya está
presente, en estado larvario, cuando una comunidad acepta que una parte de sí misma debe
ser expulsada para que reine la virtud. Bien peinada, sin uniforme, disfrazada de civismo.


Mientras tanto, el verdadero enemigo rara vez vive aquí. No comparte nuestro calor, ni
nuestra sequía, ni nuestros incendios, ni nuestras fiestas. Vive lejos y nos habla a través de
pantallas. Nos traduce al vecino en enemigo, nos ofrece agravios cómodos y nos inocula el
placer de dividir el mundo entre puros e impuros. Luego nos deja aquí, rumiando la cizaña que
otros sembraron.


Más nos valdría entenderlo a tiempo. El enemigo no es el vecino que discrepa, ni el hermano
que vota distinto, ni el pesado de los pájaros. El enemigo es quien siembra la discordia y vive
de ella. El que necesita que desconfiemos del de al lado para que no miremos más arriba.


Por eso la frase de Mayalde era más seria de lo que parecía. Cantar con tus vecinos no es una
postal costumbrista. Es una prueba de salud. Una comunidad en la que ya no se puede cantar
con todos sus vecinos es una comunidad enferma. Y una comunidad que llama paz al deseo de
expulsar al otro está ya demasiado cerca de la guerra, aunque todavía conserve el pudor de no
llamarla por su nombre.
                                                                                                                                                                        Richard K.

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