LOGO WEB-2

Los pequeños también podemos ayudar

Cuento sobre el incendio del Valle del Tietar
05/10/2026 Fernando Salcedo Alfayate

Amigos entre cenizas y esperanza


Esta historia podría haber ocurrido en cualquier bosque del mundo mundial, pero sucedió en
un pinar del Valle del Tiétar y más concreto, en el pueblo de Casavieja, Ávila.
Hay mañanas en el Valle del Tiétar en las que el tiempo parece caminar de puntillas, como si
tuviera miedo de despertar a los recuerdos. En las faldas de Casavieja, el pinar solía ser un tapiz
de esmeralda y ámbar donde el sol se enredaba en las copas más altas y el aire olía a resina
antigua y a savia nueva. Era un mundo vibrante donde las ardillas trazaban acrobacias
imposibles y los mirlos ensayaban partituras invisibles desde el alba.
Pero el tiempo, a veces, se tuerce. Meses atrás, un verano de nubes secas y vientos caprichosos
trajo una sombra voraz que devoró el verde y dejó tras de sí un lienzo de carbón y silencio.
Ahora, el pinar dormía bajo un manto de cenizas frías. Los troncos de los grandes pinos se
alzaban como estatuas de basalto, con las cortezas rajadas y las copas desnudas que ya no
filtraban la luz, sino que la dejaban caer a plomo sobre el suelo desnudo. No era un paisaje de
terror, sino de una profunda y serena melancolía. La tierra oscura guardaba las huellas del
pasado, un cementerio de hojas calcinadas y ramas quemadas que esperaban, con paciencia
mineral, una señal del cielo.
Y la señal llegó en octubre. Las nubes, cargadas de agua y de promesa, cruzaron las cumbres
de Gredos y abrieron las compuertas de la brisa. La primera lluvia de otoño no fue un aguacero
furioso, sino un susurro constante, una caricia fina y persistente que fue empapando la tierra,
calmando la sed del subsuelo y despertando el secreto latido de la vida que se niega a rendirse.
Bajo la protección de media docena de pinos cuyas raíces habían resistido el calor abrasador
gracias a la humedad profunda del barranco, la tierra comenzó a hincharse. En un pequeño
montículo de humus y agujas semicarbonizadas, la magia silenciosa del micelio —esa red
invisible y sabia que teje la vida bajo nuestros pies— hizo su trabajo.
De la noche a la mañana, rompiendo la costra de la tierra húmeda, asomaron dos cabecitas.
La primera en estirar el cuerpo fue Lunita, una Amanita muscaria de sombrero rojo tan brillante
que parecía una gota de rocío encendida, salpicada de lunares blancos como copos de nata.
Lunita parpadeó ante la penumbra del bosque, estiró sus pequeñas branquias y miró a su
alrededor con los ojos muy abiertos por el asombro.
—¡Boli, despierta! ¡Mira qué lugar tan maravilloso! —susurró con una voz que sonaba a
cascabel lejano.
A su lado, emergiendo con la solidez y la elegancia de una columna esculpida en barro, Boli
bostezó desperezando su sombrero marrón y aterciopelado. Boli, un boletussensato y de formas
generosas, sacudió los restos de tierra de su pie robusto.
—Vaya sueño profundo, Lunita —murmuró Boli con voz ronca—. Pero tienes razón. Mira qué
suelo tan mullido, qué aroma a tierra mojada y qué techo de pinos tan magnífico tenemos sobre
nosotros. Todo está perfecto.
Para ellos, que acababan de despertar en ese minúsculo rincón protegido por la muralla de los
viejos pinos sobrevivientes, el mundo era un milagro recién estrenado. No conocían otra cosa.
Creían que el bosque entero era aquel refugio verde y acogedor, un santuario donde la vida
transcurría entre susurros de viento y aromas de resina fresca. Ignoraban por completo que, a
pocos metros de su pequeño corro, el paisaje había cambiado para siempre.
—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Pero miren lo que tenemos aquí abajo! Dos cabecitas tiernas brotando en
medio de las ruinas. ¡Qué desfachatez más adorable!
El sobresalto vino acompañado de un aleteo ruidoso y un brillo metálico de plumas azuladas y
negras. Aterrizó sobre una rama seca, con pasmosa elegancia y andares de vecina cotilla,
Maraca, la urraca más parlanchina, presumida y espabilada de todo el Valle del Tiétar. Llevaba
una ramita seca en el pico que soltó de inmediato para poder explayarse a gusto.
—Buenos días, forasteros del musgo —saludó Maraca con una reverencia exagerada,
contoneando la cola—. Soy Maraca, la reina indiscutible de las alturas, vigilante de barrancos
y coleccionista de brillos. Y os aseguro que tenéis un valor tremendo por crecer precisamente
este año y aquí, en medio de este desastre.
Lunita parpadeó, fascinada por los reflejos tornasolados de las plumas de la urraca.
—¿Por qué dices eso, Maraca? —preguntó Lunita con su habitual dulzura—. Nuestro hogar es
precioso. Mira qué pinos tan altos nos cuidan y qué suelo tan blando tenemos.
Maraca soltó un graznido agudo que sonó a carcajada burlona.
—¿Precioso? ¡Ay, mis pobres criaturas de sombrero tierno! Se nota que habéis nacido ayer…
o, mejor dicho, esta misma madrugada. ¿Es que no habéis mirado más allá de vuestras narices
miceliares? Esto es un oasis, sí, pero el resto del valle… ¡Ay, el valle ha pasado por el taller de
hojalatería del fuego!
Boli frunció el entrecejo fúngico, adoptando una postura protectora frente a Lunita.
—No sabemos de qué hablas, pájara presumida. Aquí estamos seguros, y los pinos nos
protegen. ¿Qué pasa más allá de este corro?
Maraca ladeó la cabeza, mirándolos con una mezcla de conmiseración y sorna impertinente.
—Lo que pasa, mis queridos hongos con ínfulas de sabios, es que el verano pasado tuvimos
una visita muy poco educada. Una chispa traviesa, un calor de mil demonios y… ¡zas! El pinar
ardió. Se quedó más pelado que la cabeza de un buitre.
El silencio que siguió a las palabras de Maraca pesó más que la tierra húmeda. Lunita sintió un
frío repentino en su cuerpo, muy diferente a la frescura agradable de la lluvia.
—¿Ardió? —preguntó Lunita en un susurro apenas audible, mientras sus lunares blancos
parecían perder brillo—. ¿El bosque entero?
—Bueno, entero, entero no —matizó Maraca, bajando un poco el tono, pues la ligereza de su
carácter a veces tropezaba con la verdadera memoria del monte—. Hubo llamas que bailaron
por los barrancos, se llevaron los helechos, obligaron a los zorros a mudar de madriguera y
convirtieron los pinares en esqueletos negros. La ceniza cubrió los caminos y durante semanas
el aire olía a tristeza quemada. Muchos amigos míos tuvieron que volar muy lejos, buscando
refugio en la otra vertiente de la sierra.
Boli bajó la cabeza, sintiendo una opresión invisible en su sombrero. Para dos hongos que
acababan de crecer amando profundamente el olor del pinar, la idea de un bosque herido era un
dolor que no alcanzaban a comprender del todo.
—¿Y ya no queda nada? —preguntó Boli con voz ronca—. ¿Todo se ha acabado?
—¡Ah, pardiez, eso sí que no! —exclamó Maraca, sacudiendo las alas con fuerza para espantar
la melancolía—. Conozco bien este valle, y os digo una cosa: el bosque no es solo lo que se ve
a simple vista. Bajo la tierra, las raíces de los pinos siguen vivas, guardando los secretos del
pasado. Las semillas duras de las jaras y los piornos esperaban bajo el suelo el calor exacto para
abrirse. Y la lluvia… ¡bendita lluvia de otoño! —añadió señalando el cielo plomizo—, ha
venido a lavar la cara a la montaña. El bosque no había desaparecido. Estaba esperando su
momento para volver a empezar.
Lunita levantó la mirada, con los ojos húmedos pero llenos de una chispa renovada.
—¿De verdad? ¿La vida vuelve a crecer?
—¡Claro que sí, cabecita roja! —respondió Maraca con una sonrisa en el pico—. Pero la
recuperación es lenta. Hay laderas enteras que aún están tristes y necesitan tiempo, mucho
tiempo, para vestirse de verde otra vez.
Durante un buen rato, el corro de pinos guardó silencio. El repiqueteo de las gotas sobre las
acículas secas era el único sonido que acompañaba el fluir de sus pensamientos. Lunita y Boli
sentían una pena inmensa por los rincones del Valle del Tiétar que habían sufrido el desastre.
—Ojalá nosotros pudiéramos hacer algo —dijo Lunita con tristeza, acariciando con su
sombrero el pie de Boli—. Nos gustaría que en esos lugares negros también nacieran setas,
musgo y colores, para que los animales no se sientan solos.
—Somos hongos —respondió Boli con su pragmatismo habitual—; nuestros pies están
anclados al suelo. No podemos caminar ni saltar más allá de este pequeño montículo. Nuestro
destino es vivir y morir aquí mismo.
Maraca soltó un trino burlón, aunque esta vez sin malicia.
—¿Caminar? ¡Menuda ocurrencia! ¿Para qué queréis caminar teniendo patas de barro si tenéis
alas a vuestro alrededor? Bueno, yo tengo las alas; vosotros solo tenéis ilusión y… bueno,
millones de diminutas esporas escondidas bajo vuestros sombreros.
Lunita abrió los ojos de par en par. Miró el sombrero marrón de Boli, luego miró sus propias
branquias y, por último, posó su mirada en las alas poderosas y brillantes de la urraca.
—Es verdad… —murmuró Lunita, y un destello de luz cruzó su rostro—. Nosotros producimos
millones de esporas invisibles que lanzamos al viento. Y tú, Maraca, vuelas por todo el valle,
desde Casavieja hasta los arroyos más escondidos.
Boli comprendió al instante la magnitud de la idea.
—Si tú nos llevas, transportarás nuestras esporas hasta las zonas quemadas…
—¡Espera, espera, par de cabecitas alucinadas! —interrumpió Maraca retrocediendo un paso
con fingida altanería—. ¿Pretendéis que yo, la urraca más elegante del Tiétar haga de servicio
postal de hongos? ¿Qué cargue con vosotros como si fuera un carbonero?
—Por favor, Maraca —suplicó Lunita con una ternura irresistible—. Juntos podemos ayudar a
que la vida vuelva a empezar en los rincones tristes. El viento, la tierra y el tiempo harán el
resto, pero nosotros podemos poner una semilla de color.
Maraca suspiró teatralmente, sacudió sus alas y esbozó una sonrisa astuta.
—Está bien, está bien. ¡Qué remedio! No soporto ver caras tristes, y menos si son tan
fotogénicas como la vuestra. Os agarraré fuerte con mis garras para que no os caigáis, que hoy
vamos a hacer turismo volando a ras de suelo.
Con un esfuerzo conjunto y una pizca de audacia fantástica, Maraca agarró con fuerza a Lunita
y a Boli y los desprendió del suelo. Con un impulso vigoroso, la urraca despegó. Batió las alas
con fuerza y se elevó por encima de las copas de los pinos sobrevivientes, surcando el aire
fresco y limpio de ese día otoñal.
Desde el aire, el Valle del Tiétar se desplegaba como un mapa antiguo y maravilloso. Bajo ellos,
los montes de Casavieja mostraban sus contrastes: parches de un verde intenso donde la
vegetación resistía, intercalados con franjas de tierra negra y cenicienta que guardaban las
cicatrices del fuego. Podían ver los barrancos serpenteantes y los tejados rojizos del pueblo al
fondo.

Urraca y setas sobre el valle regenerado


—¡Mirad allí abajo! —gritó Lunita contra el viento, sintiendo la emoción en cada célula de su
cuerpo fúngico—. ¡Hay briznas de hierba verde asomando entre la ceniza!
Maraca planeó en círculos sobre una ladera que, meses atrás, había quedado completamente
calcinada. Desde las alturas, se apreciaba cómo la naturaleza no había estado de brazos
cruzados. Las raíces de las jaras y los brezos habían comenzado a rebrotar con fuerza, vistiendo
los ribazos con pequeños puntos de esperanza verde.
—Es el milagro de la paciencia, amigos —graznó Maraca mientras reducía la velocidad de
vuelo—. La tierra nunca olvida lo que fue.
Siguiendo las indicaciones de Lunita y Boli, Maraca sobrevoló los puntos más castigados de la
sierra. Y allí, agitando suavemente sus cabezas en el momento preciso, permitió que la brisa se
llevara la invisible carga de esporas que los dos hongos hacían salir de sus branquias. Las
esporas cayeron como una lluvia imperceptible sobre la tierra húmeda, mezclándose con el
humus, el agua de la lluvia y el abrazo silencioso del bosque.
Pasaron las semanas. El otoño dio paso a un invierno apacible, lleno de mañanas de escarcha
brillante y tardes de chimeneas humeantes en Casavieja. La lluvia continuó cayendo con
constancia, ablandando la tierra y alimentando las raíces profundas.
Poco a poco, el paisaje del pinar comenzó a transformarse. La hierba tierna cubrió los suelos
oscuros como un terciopelo esmeralda. Las retamas y los piornos levantaron varas nuevas y
flexibles. Los insectos regresaron a sus escondites bajo las cortezas y, con ellos, el trino alegre
de los carboneros y los gorriones que volvían a reclamar sus dominios.
Y entonces, llegó el milagro esperado de las setas. No solo en el pequeño corro protegido, sino
dispersas por las laderas, asomando cerca de los troncos quemados y a lo largo de los senderos
del barranco, brotaron familias enteras de hongos: setas de cardo, níscalos de sombrero naranja
y, por supuesto, nuevos ejemplares de robustos boletus y coquetas amanitas. El bosque no
volvía a ser exactamente el mismo de antes —las cicatrices en las cortezas de los pinos viejos
seguían allí, recordando la prueba superada—, pero estaba comenzando una etapa nueva,
luminosa y llena de energía.
De regreso en su rincón de Casavieja, el pequeño corro de pinos recuperó todo su esplendor. La
luz de la tarde filtrada entre las ramas dibujaba juegos de sombras sobre el musgo fresco.
Lunita y Boli descansaban plácidamente junto a sus raíces, observando cómo el valle entero
exhalaba un aroma limpio a tierra viva, humedad y resina renovada. Sobre una rama cercana,
Maraca se arreglaba las plumas con el pico, fingiendo un aire de absoluta indiferencia.
—Bueno —reconoció Maraca al fin, soltando un suspiro que sonó a rendición cariñosa. Tengo
que admitir, aunque me cueste lo indecible y se me resequen las plumas de vergüenza, que
vuestra pequeña ocurrencia de las esporas no estuvo nada mal. El valle tiene mejor cara.
Boli sonrió con su habitual prudencia, mientras Lunita reía con una alegría cristalina.
—No lo hicimos solos, Maraca —respondió Lunita con dulzura—. Sin ti, nos habríamos
quedado para siempre en nuestro pequeño rincón.
Los tres se miraron sabiéndose cómplices de una gran aventura. El bosque a su alrededor
respiraba hondo, demostrando que las mayores tragedias pueden convertirse en el prólogo de
un renacer. El pinar todavía guardaba cicatrices en su piel de madera, pero entre las cenizas ya
latía, con fuerza imparable, la vida nueva.
Y en el aire del Valle del Tiétar, flotaba una certeza silenciosa y eterna:
La vida continúa.


Canción del Pinar:

Somos tres amigos que ayudamos a la sierra,
contentos estamos por hacer esa labor.
La vida continúa después de la quema,
y a esta tierra volverá el color.


Fernando Salcedo Alfayate

Lo más visto