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title: "Demasiado humanos"
article_type: "Article"
description: "Sospecha de un sentido"
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date_published: "2026-10-28T16:02:00+01:00"
date_modified: "2026-10-28T17:17:38+01:00"
author_name: "Eugenio Muñoz"
category_name: "Opinión"
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category_description: "Columnas, análisis y opinión editorial"
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# Demasiado humanos

![El niño bajo las estrellas](/download/multimedia.normal.a50c8e8e4901531b.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Tengo miedo. No de la muerte, sino de esa forma lenta de desaparecer mientras seguimos respirando. De convertirnos en espectadores de nuestra propia existencia, de obedecer tanto que terminemos confundiendo la libertad con la ausencia de problemas. De llegar al final y descubrir que, por evitar los riesgos de vivir, apenas nos hemos permitido existir.

Nos enseñan a competir por un espacio en un mundo que parece tener sitio para todos, pero que tantas veces se organiza como si solo unos pocos merecieran llegar a la meta. Nos hablan de progreso mientras millones buscan un motivo para levantarse cada mañana. Hemos terminado llamando realismo a la renuncia y madurez a dejar de creer que las cosas pueden cambiar.

Mientras tanto, la violencia se abre paso. A veces es física; otras se esconde tras las pantallas, en la humillación digital, el odio político, la explotación económica o el fanatismo religioso. Adopta muchos rostros, pero todos tienen algo en común: la negación de la dignidad del otro. También es violencia acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, convertir la necesidad de los demás en un problema que no nos corresponde. Cuando la solidaridad retrocede, cualquier crueldad encuentra una justificación.

Nos enfrentan por nuestras ideas, nuestros orígenes y nuestras diferencias. Nos convencen de que el enemigo es quien vive a nuestro lado, mientras otros se benefician de nuestras divisiones. Pocas cosas favorecen tanto a los poderosos como una sociedad que ha olvidado que comparte destino.

Pero quizá el problema sea más profundo. Señalamos la oscuridad ajena sin reconocer que la nuestra también existe. Condenamos el egoísmo, la crueldad o la envidia sin admitir que pueden habitar en nosotros. Lo que negamos no desaparece: aprende a actuar desde las sombras, disfrazado de razón, justicia o indignación. Madurar quizá consista en reconocer nuestras contradicciones, comprender nuestros impulsos y evitar que aquello que combatimos fuera termine gobernándonos por dentro.

Comprender no significa consentir. Significa mirar al otro sin ingenuidad, pero también sin esa superioridad moral que convierte cualquier desacuerdo en una guerra. La humanidad que defendemos nos obliga, antes que nada, a examinarnos.

¿De qué sirve comprender el mundo si aceptamos que siga siendo inhabitable para tantos? ¿Qué sentido tiene una vida dedicada exclusivamente a conservarse, si olvidamos para qué queríamos vivir?

Tal vez no exista un propósito escrito en alguna parte. Y, sin embargo, hay momentos en los que algo dentro de nosotros parece desbordar todas nuestras explicaciones. A veces nos invade una alegría inmensa, inesperada, que no sabemos de dónde viene. Otras veces tenemos sueños e intuiciones que parecen imposibles, destellos que se adelantan a la razón y nos dejan con la sensación de haber rozado algo que todavía no comprendemos.

No significa que esos momentos demuestren una verdad definitiva, pero tampoco tenemos por qué despreciarlos porque no sepamos explicarlos. Quizá forman parte de ese territorio misterioso de la existencia donde la razón sigue siendo imprescindible, aunque no siempre baste para abarcar todo lo que sentimos.

Y entonces volvemos a intuir que la Vida tiene sentido. Lo intuimos cuando amamos, cuando ayudamos sin esperar nada, cuando una presencia consigue que el mundo deje de parecernos un lugar extraño. También cuando, sin que nada haya cambiado a nuestro alrededor, sentimos que estar vivos es, por sí mismo, un regalo extraordinario.

Quizá a esa intuición podamos llamarla fe.

No hablo de una fe sometida a dogmas, sino de la fe en el ser humano, en su capacidad de despertar, aprender y reparar el daño que ha causado. Hablo también de la posibilidad de que la conciencia no sea únicamente un destello fugaz entre el nacimiento y la muerte, de que exista en ella una dimensión que todavía no comprendemos y cuya relación con la eternidad sigue siendo una de las grandes preguntas de nuestra existencia.

No pretendo convertir una intuición en certeza. Precisamente porque no lo sé, me niego a cerrar la puerta a la pregunta. Quizá la fe más honesta consista en conservar la capacidad de buscar respuestas sin renunciar a la humildad, al asombro y a la esperanza.

La fe no es propiedad de ninguna iglesia. También es confiar en que una persona puede cambiar, en que la justicia merece ser defendida aunque no siempre venza y en que la humanidad puede aprender de sus errores. No se trata de cerrar los ojos ante la realidad, sino de mirarla sin permitir que nos robe la capacidad de imaginar otra. La esperanza no promete que todo saldrá bien; nos recuerda que no todo está decidido.

Somos materia que piensa, conciencia que intenta comprenderse mientras el tiempo la atraviesa. Somos capaces de la mayor crueldad y de una ternura que desafía toda explicación. Quizá ahí resida nuestra forma más profunda de rebeldía: amar y negarnos a dejar que la oscuridad tenga la última palabra.

Hace tiempo, algún sabio expresó una de las verdades más sencillas y difíciles de llevar a la práctica: “ama al prójimo como a ti mismo” o “trata a los demás como quieres que te traten”. No basta con defender la dignidad humana en abstracto; hay que reconocerla en quien piensa distinto, en quien nos incomoda y en quien no puede ofrecernos nada a cambio. Nuestros principios no se miden por lo que proclamamos, sino por lo que hacemos cuando nadie nos obliga a ser justos.

Hay un extraño romanticismo en defender la dignidad cuando resulta más cómodo burlarse de ella; en conservar la ternura sin renunciar a la rabia; en tender puentes donde otros levantan trincheras. Pero despertar la conciencia exige algo más que buenas intenciones. Exige cuestionar lo que hemos aceptado sin pensar y transformar aquello que está en nuestras manos. Un bello pensamiento que nunca se convierte en acción corre el riesgo de ser otra forma de indiferencia o incoherencia.

El tiempo se acaba, aunque procuremos olvidarlo. Cada día es una posibilidad que no regresa. Quizá la pregunta decisiva no sea qué encontraremos al final, sino qué habremos hecho mientras estuvimos aquí: a quién habremos amado, qué injusticias habremos combatido y cuántas veces habremos elegido la comodidad pudiendo elegir el despertar de la conciencia.

No podremos salvarlo todo. Habrá derrotas, despedidas y sueños rotos. Pero conocer la fragilidad de las cosas no nos obliga a dejar de amarlas. Al contrario: quizá amamos precisamente porque los días no vuelven. Y, aun así, hacemos planes, escribimos poemas y construimos sobre la incertidumbre. Hay algo maravillosamente insensato en ello. Algo que merece ser defendido.

No pretendamos una existencia perfecta, porque equivocarse también forma parte de aprender. Pero tampoco aceptemos una existencia inmóvil, resignada a aceptar las cosas como son por miedo a lo que podrían llegar a ser. Quiero una vida consciente, imperfecta, en movimiento. Prefiero la duda que nos hace libres a la certeza que nos vuelve crueles; la rebeldía que construye a la rabia que solo destruye.

Quizá esta vida sea todo cuanto tenemos. Y si es así, no pienso desperdiciarla esperando que alguien me explique cómo vivirla. Todavía podemos convertir el pensar lindo, el sentir lindo… en acción, la soledad en encuentro y la incertidumbre en una razón para caminar juntos. Todavía podemos dejar de ser espectadores de nuestro tiempo y construir algo que merezca la pena.

Que la lucidez no nos robe la esperanza. Que la rabia no nos robe la ternura. Que nadie nos convenza de que la solidaridad es una debilidad ni de que la fe pertenece a quienes pretenden administrarla. Y que, incluso ante el absurdo, sepamos escuchar esa sospecha íntima que nos acompaña desde siempre: que la Vida tiene sentido, que quizá la conciencia encierre un misterio que aún no comprendemos y que una parte de ese sentido depende de lo que seamos capaces de hacer con ella.

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