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title: "Los pequeños también podemos ayudar"
article_type: "Article"
description: "Cuento sobre el incendio del Valle del Tietar"
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date_published: "2026-10-05T20:24:00+02:00"
date_modified: "2026-10-05T20:48:12+02:00"
tags:
  - "Casavieja, Ávila"
  - "Fernando Salcedo Alfayate"
  - "Valle del Tiétar"
author_name: "Fernando Salcedo Alfayate"
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# Los pequeños también podemos ayudar

![Amigos entre cenizas y esperanza](/download/multimedia.normal.bf0ea8cd2928f2e6.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Esta historia podría haber ocurrido en cualquier bosque del mundo mundial, pero sucedió en  
un pinar del Valle del Tiétar y más concreto, en el pueblo de Casavieja, Ávila.  
Hay mañanas en el Valle del Tiétar en las que el tiempo parece caminar de puntillas, como si  
tuviera miedo de despertar a los recuerdos. En las faldas de Casavieja, el pinar solía ser un tapiz  
de esmeralda y ámbar donde el sol se enredaba en las copas más altas y el aire olía a resina  
antigua y a savia nueva. Era un mundo vibrante donde las ardillas trazaban acrobacias  
imposibles y los mirlos ensayaban partituras invisibles desde el alba.  
Pero el tiempo, a veces, se tuerce. Meses atrás, un verano de nubes secas y vientos caprichosos  
trajo una sombra voraz que devoró el verde y dejó tras de sí un lienzo de carbón y silencio.  
Ahora, el pinar dormía bajo un manto de cenizas frías. Los troncos de los grandes pinos se  
alzaban como estatuas de basalto, con las cortezas rajadas y las copas desnudas que ya no  
filtraban la luz, sino que la dejaban caer a plomo sobre el suelo desnudo. No era un paisaje de  
terror, sino de una profunda y serena melancolía. La tierra oscura guardaba las huellas del  
pasado, un cementerio de hojas calcinadas y ramas quemadas que esperaban, con paciencia  
mineral, una señal del cielo.  
Y la señal llegó en octubre. Las nubes, cargadas de agua y de promesa, cruzaron las cumbres  
de Gredos y abrieron las compuertas de la brisa. La primera lluvia de otoño no fue un aguacero  
furioso, sino un susurro constante, una caricia fina y persistente que fue empapando la tierra,  
calmando la sed del subsuelo y despertando el secreto latido de la vida que se niega a rendirse.  
Bajo la protección de media docena de pinos cuyas raíces habían resistido el calor abrasador  
gracias a la humedad profunda del barranco, la tierra comenzó a hincharse. En un pequeño  
montículo de humus y agujas semicarbonizadas, la magia silenciosa del micelio —esa red  
invisible y sabia que teje la vida bajo nuestros pies— hizo su trabajo.  
De la noche a la mañana, rompiendo la costra de la tierra húmeda, asomaron dos cabecitas.  
La primera en estirar el cuerpo fue Lunita, una Amanita muscaria de sombrero rojo tan brillante  
que parecía una gota de rocío encendida, salpicada de lunares blancos como copos de nata.  
Lunita parpadeó ante la penumbra del bosque, estiró sus pequeñas branquias y miró a su  
alrededor con los ojos muy abiertos por el asombro.  
—¡Boli, despierta! ¡Mira qué lugar tan maravilloso! —susurró con una voz que sonaba a  
cascabel lejano.  
A su lado, emergiendo con la solidez y la elegancia de una columna esculpida en barro, Boli  
bostezó desperezando su sombrero marrón y aterciopelado. Boli, un boletussensato y de formas  
generosas, sacudió los restos de tierra de su pie robusto.  
—Vaya sueño profundo, Lunita —murmuró Boli con voz ronca—. Pero tienes razón. Mira qué  
suelo tan mullido, qué aroma a tierra mojada y qué techo de pinos tan magnífico tenemos sobre  
nosotros. Todo está perfecto.  
Para ellos, que acababan de despertar en ese minúsculo rincón protegido por la muralla de los  
viejos pinos sobrevivientes, el mundo era un milagro recién estrenado. No conocían otra cosa.  
Creían que el bosque entero era aquel refugio verde y acogedor, un santuario donde la vida  
transcurría entre susurros de viento y aromas de resina fresca. Ignoraban por completo que, a  
pocos metros de su pequeño corro, el paisaje había cambiado para siempre.  
—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Pero miren lo que tenemos aquí abajo! Dos cabecitas tiernas brotando en  
medio de las ruinas. ¡Qué desfachatez más adorable!  
El sobresalto vino acompañado de un aleteo ruidoso y un brillo metálico de plumas azuladas y  
negras. Aterrizó sobre una rama seca, con pasmosa elegancia y andares de vecina cotilla,  
Maraca, la urraca más parlanchina, presumida y espabilada de todo el Valle del Tiétar. Llevaba  
una ramita seca en el pico que soltó de inmediato para poder explayarse a gusto.  
—Buenos días, forasteros del musgo —saludó Maraca con una reverencia exagerada,  
contoneando la cola—. Soy Maraca, la reina indiscutible de las alturas, vigilante de barrancos  
y coleccionista de brillos. Y os aseguro que tenéis un valor tremendo por crecer precisamente  
este año y aquí, en medio de este desastre.  
Lunita parpadeó, fascinada por los reflejos tornasolados de las plumas de la urraca.  
—¿Por qué dices eso, Maraca? —preguntó Lunita con su habitual dulzura—. Nuestro hogar es  
precioso. Mira qué pinos tan altos nos cuidan y qué suelo tan blando tenemos.  
Maraca soltó un graznido agudo que sonó a carcajada burlona.  
—¿Precioso? ¡Ay, mis pobres criaturas de sombrero tierno! Se nota que habéis nacido ayer…  
o, mejor dicho, esta misma madrugada. ¿Es que no habéis mirado más allá de vuestras narices  
miceliares? Esto es un oasis, sí, pero el resto del valle… ¡Ay, el valle ha pasado por el taller de  
hojalatería del fuego!  
Boli frunció el entrecejo fúngico, adoptando una postura protectora frente a Lunita.  
—No sabemos de qué hablas, pájara presumida. Aquí estamos seguros, y los pinos nos  
protegen. ¿Qué pasa más allá de este corro?  
Maraca ladeó la cabeza, mirándolos con una mezcla de conmiseración y sorna impertinente.  
—Lo que pasa, mis queridos hongos con ínfulas de sabios, es que el verano pasado tuvimos  
una visita muy poco educada. Una chispa traviesa, un calor de mil demonios y… ¡zas! El pinar  
ardió. Se quedó más pelado que la cabeza de un buitre.  
El silencio que siguió a las palabras de Maraca pesó más que la tierra húmeda. Lunita sintió un  
frío repentino en su cuerpo, muy diferente a la frescura agradable de la lluvia.  
—¿Ardió? —preguntó Lunita en un susurro apenas audible, mientras sus lunares blancos  
parecían perder brillo—. ¿El bosque entero?  
—Bueno, entero, entero no —matizó Maraca, bajando un poco el tono, pues la ligereza de su  
carácter a veces tropezaba con la verdadera memoria del monte—. Hubo llamas que bailaron  
por los barrancos, se llevaron los helechos, obligaron a los zorros a mudar de madriguera y  
convirtieron los pinares en esqueletos negros. La ceniza cubrió los caminos y durante semanas  
el aire olía a tristeza quemada. Muchos amigos míos tuvieron que volar muy lejos, buscando  
refugio en la otra vertiente de la sierra.  
Boli bajó la cabeza, sintiendo una opresión invisible en su sombrero. Para dos hongos que  
acababan de crecer amando profundamente el olor del pinar, la idea de un bosque herido era un  
dolor que no alcanzaban a comprender del todo.  
—¿Y ya no queda nada? —preguntó Boli con voz ronca—. ¿Todo se ha acabado?  
—¡Ah, pardiez, eso sí que no! —exclamó Maraca, sacudiendo las alas con fuerza para espantar  
la melancolía—. Conozco bien este valle, y os digo una cosa: el bosque no es solo lo que se ve  
a simple vista. Bajo la tierra, las raíces de los pinos siguen vivas, guardando los secretos del  
pasado. Las semillas duras de las jaras y los piornos esperaban bajo el suelo el calor exacto para  
abrirse. Y la lluvia… ¡bendita lluvia de otoño! —añadió señalando el cielo plomizo—, ha  
venido a lavar la cara a la montaña. El bosque no había desaparecido. Estaba esperando su  
momento para volver a empezar.  
Lunita levantó la mirada, con los ojos húmedos pero llenos de una chispa renovada.  
—¿De verdad? ¿La vida vuelve a crecer?  
—¡Claro que sí, cabecita roja! —respondió Maraca con una sonrisa en el pico—. Pero la  
recuperación es lenta. Hay laderas enteras que aún están tristes y necesitan tiempo, mucho  
tiempo, para vestirse de verde otra vez.  
Durante un buen rato, el corro de pinos guardó silencio. El repiqueteo de las gotas sobre las  
acículas secas era el único sonido que acompañaba el fluir de sus pensamientos. Lunita y Boli  
sentían una pena inmensa por los rincones del Valle del Tiétar que habían sufrido el desastre.  
—Ojalá nosotros pudiéramos hacer algo —dijo Lunita con tristeza, acariciando con su  
sombrero el pie de Boli—. Nos gustaría que en esos lugares negros también nacieran setas,  
musgo y colores, para que los animales no se sientan solos.  
—Somos hongos —respondió Boli con su pragmatismo habitual—; nuestros pies están  
anclados al suelo. No podemos caminar ni saltar más allá de este pequeño montículo. Nuestro  
destino es vivir y morir aquí mismo.  
Maraca soltó un trino burlón, aunque esta vez sin malicia.  
—¿Caminar? ¡Menuda ocurrencia! ¿Para qué queréis caminar teniendo patas de barro si tenéis  
alas a vuestro alrededor? Bueno, yo tengo las alas; vosotros solo tenéis ilusión y… bueno,  
millones de diminutas esporas escondidas bajo vuestros sombreros.  
Lunita abrió los ojos de par en par. Miró el sombrero marrón de Boli, luego miró sus propias  
branquias y, por último, posó su mirada en las alas poderosas y brillantes de la urraca.  
—Es verdad… —murmuró Lunita, y un destello de luz cruzó su rostro—. Nosotros producimos  
millones de esporas invisibles que lanzamos al viento. Y tú, Maraca, vuelas por todo el valle,  
desde Casavieja hasta los arroyos más escondidos.  
Boli comprendió al instante la magnitud de la idea.  
—Si tú nos llevas, transportarás nuestras esporas hasta las zonas quemadas…  
—¡Espera, espera, par de cabecitas alucinadas! —interrumpió Maraca retrocediendo un paso  
con fingida altanería—. ¿Pretendéis que yo, la urraca más elegante del Tiétar haga de servicio  
postal de hongos? ¿Qué cargue con vosotros como si fuera un carbonero?  
—Por favor, Maraca —suplicó Lunita con una ternura irresistible—. Juntos podemos ayudar a  
que la vida vuelva a empezar en los rincones tristes. El viento, la tierra y el tiempo harán el  
resto, pero nosotros podemos poner una semilla de color.  
Maraca suspiró teatralmente, sacudió sus alas y esbozó una sonrisa astuta.  
—Está bien, está bien. ¡Qué remedio! No soporto ver caras tristes, y menos si son tan  
fotogénicas como la vuestra. Os agarraré fuerte con mis garras para que no os caigáis, que hoy  
vamos a hacer turismo volando a ras de suelo.  
Con un esfuerzo conjunto y una pizca de audacia fantástica, Maraca agarró con fuerza a Lunita  
y a Boli y los desprendió del suelo. Con un impulso vigoroso, la urraca despegó. Batió las alas  
con fuerza y se elevó por encima de las copas de los pinos sobrevivientes, surcando el aire  
fresco y limpio de ese día otoñal.  
Desde el aire, el Valle del Tiétar se desplegaba como un mapa antiguo y maravilloso. Bajo ellos,  
los montes de Casavieja mostraban sus contrastes: parches de un verde intenso donde la  
vegetación resistía, intercalados con franjas de tierra negra y cenicienta que guardaban las  
cicatrices del fuego. Podían ver los barrancos serpenteantes y los tejados rojizos del pueblo al  
fondo.

![Urraca y setas sobre el valle regenerado](/download/multimedia.normal.81293b881443fe85.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

—¡Mirad allí abajo! —gritó Lunita contra el viento, sintiendo la emoción en cada célula de su  
cuerpo fúngico—. ¡Hay briznas de hierba verde asomando entre la ceniza!  
Maraca planeó en círculos sobre una ladera que, meses atrás, había quedado completamente  
calcinada. Desde las alturas, se apreciaba cómo la naturaleza no había estado de brazos  
cruzados. Las raíces de las jaras y los brezos habían comenzado a rebrotar con fuerza, vistiendo  
los ribazos con pequeños puntos de esperanza verde.  
—Es el milagro de la paciencia, amigos —graznó Maraca mientras reducía la velocidad de  
vuelo—. La tierra nunca olvida lo que fue.  
Siguiendo las indicaciones de Lunita y Boli, Maraca sobrevoló los puntos más castigados de la  
sierra. Y allí, agitando suavemente sus cabezas en el momento preciso, permitió que la brisa se  
llevara la invisible carga de esporas que los dos hongos hacían salir de sus branquias. Las  
esporas cayeron como una lluvia imperceptible sobre la tierra húmeda, mezclándose con el  
humus, el agua de la lluvia y el abrazo silencioso del bosque.  
Pasaron las semanas. El otoño dio paso a un invierno apacible, lleno de mañanas de escarcha  
brillante y tardes de chimeneas humeantes en Casavieja. La lluvia continuó cayendo con  
constancia, ablandando la tierra y alimentando las raíces profundas.  
Poco a poco, el paisaje del pinar comenzó a transformarse. La hierba tierna cubrió los suelos  
oscuros como un terciopelo esmeralda. Las retamas y los piornos levantaron varas nuevas y  
flexibles. Los insectos regresaron a sus escondites bajo las cortezas y, con ellos, el trino alegre  
de los carboneros y los gorriones que volvían a reclamar sus dominios.  
Y entonces, llegó el milagro esperado de las setas. No solo en el pequeño corro protegido, sino  
dispersas por las laderas, asomando cerca de los troncos quemados y a lo largo de los senderos  
del barranco, brotaron familias enteras de hongos: setas de cardo, níscalos de sombrero naranja  
y, por supuesto, nuevos ejemplares de robustos boletus y coquetas amanitas. El bosque no  
volvía a ser exactamente el mismo de antes —las cicatrices en las cortezas de los pinos viejos  
seguían allí, recordando la prueba superada—, pero estaba comenzando una etapa nueva,  
luminosa y llena de energía.  
De regreso en su rincón de Casavieja, el pequeño corro de pinos recuperó todo su esplendor. La  
luz de la tarde filtrada entre las ramas dibujaba juegos de sombras sobre el musgo fresco.  
Lunita y Boli descansaban plácidamente junto a sus raíces, observando cómo el valle entero  
exhalaba un aroma limpio a tierra viva, humedad y resina renovada. Sobre una rama cercana,  
Maraca se arreglaba las plumas con el pico, fingiendo un aire de absoluta indiferencia.  
—Bueno —reconoció Maraca al fin, soltando un suspiro que sonó a rendición cariñosa. Tengo  
que admitir, aunque me cueste lo indecible y se me resequen las plumas de vergüenza, que  
vuestra pequeña ocurrencia de las esporas no estuvo nada mal. El valle tiene mejor cara.  
Boli sonrió con su habitual prudencia, mientras Lunita reía con una alegría cristalina.  
—No lo hicimos solos, Maraca —respondió Lunita con dulzura—. Sin ti, nos habríamos  
quedado para siempre en nuestro pequeño rincón.  
Los tres se miraron sabiéndose cómplices de una gran aventura. El bosque a su alrededor  
respiraba hondo, demostrando que las mayores tragedias pueden convertirse en el prólogo de  
un renacer. El pinar todavía guardaba cicatrices en su piel de madera, pero entre las cenizas ya  
latía, con fuerza imparable, la vida nueva.  
Y en el aire del Valle del Tiétar, flotaba una certeza silenciosa y eterna:  
La vida continúa.

Canción del Pinar:

Somos tres amigos que ayudamos a la sierra,  
contentos estamos por hacer esa labor.  
La vida continúa después de la quema,  
y a esta tierra volverá el color.

***Fernando Salcedo Alfayate***

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