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title: "La comodidad del agravio."
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date_published: "2026-07-09T16:01:00+02:00"
date_modified: "2026-07-09T16:58:55+02:00"
author_name: "Clara Linde"
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# La comodidad del agravio.

![Captura de pantalla 2026-07-08 204513](/download/multimedia.normal.a5ac36b46348128a.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Hay frases que terminan pareciéndose más a un refugio que a una explicación. Uno   
entra en ellas, cierra la puerta y, al poco tiempo, ya no quiere salir. “No es culpa tuya”.  
“Te lo hicieron”. “Siempre han querido perjudicarnos”. “Si no estamos mejor es porque  
otros no nos dejan”. Al principio esas palabras pueden sonar justas, incluso necesarias.  
Hay daños reales, abusos reales, injusticias que no conviene disolver en esa pedagogía  
cruel que exige a las víctimas responsabilizarse de todo. Pero una cosa es reconocer una  
herida y otra muy distinta construir alrededor de ella una patria moral.  
A una persona se la puede consolar tanto que se la incapacite. Se le puede repetir con  
tanta insistencia que todo cuanto le ocurre procede de la maldad ajena que, al final,  
pierde la parte más humilde y más difícil de la libertad: preguntarse qué parte depende  
todavía de ella. Esa pregunta no absuelve a nadie ni borra las circunstancias, pero abre  
una rendija. Sin ella, la vida se convierte en un expediente de agravios. Cada fracaso  
confirma la teoría. Cada contratiempo encuentra enseguida un rostro enemigo. Cada  
crítica se vuelve una ofensa más, una prueba añadida de la conspiración general.  
Lo más grave es que este mecanismo no solo desplaza la culpa: transforma la identidad.  
Deja de ser “tenemos historia, logros y defectos” para convertirse en “somos a quienes  
les hicieron esto”. La identidad negativa es más simple, más cohesiva y mucho más  
fácil de instrumentalizar. Pero paga un precio terrible: quien se define por sus heridas  
necesita que las heridas nunca cicatricen del todo.  
En los individuos, ese mecanismo produce amargura. En los grupos, produce historia  
adulterada. Basta convencer a una comunidad de que todos sus males vienen de fuera  
para darle una identidad instantánea. Ya no hace falta preguntarse quiénes somos, qué  
hemos hecho, qué no hemos sabido hacer, qué responsabilidades compartimos. Es  
suficiente con señalar a los otros. Los otros tienen la culpa. Los otros nos robaron, nos  
humillaron, nos impidieron ser lo que merecíamos ser.  
Puede ocurrir en un país, en una ideología, en un colectivo, en una etnia o en cualquier  
grupo identitario. No importa el color del agravio: sea nacionalista, clasista, racial, de  
género o religioso. El mecanismo es idéntico. Cambia el uniforme del enemigo, pero la  
trinchera sigue siendo la misma.  
Lo más fácil es reconocer esta trampa en los demás. La vemos enseguida cuando la  
practica el adversario político, el país vecino o la causa que no compartimos. Entonces  
nos parece evidente: exageran, simplifican, se victimizan. Pero la verdadera prueba  
empieza un paso después, cuando somos capaces de preguntarnos si nuestro propio  
grupo, nuestra propia ideología o nuestra propia memoria no están haciendo  
exactamente lo mismo. Quienes solo detectan el patrón en los otros siguen presos de él.  
El agravio une mucho. Une más deprisa que la esperanza, más fácilmente que el trabajo  
común. Proporciona explicación, pertenencia y superioridad moral. Quien se siente  
agraviado no solo sufre: también se siente inocente. Y esa inocencia puede resultar  
embriagadora. Un grupo que se acostumbra a verse únicamente como víctima acaba  
encontrando sospechosa cualquier forma de autocrítica. El discrepante se convierte en  
desertor. El matiz parece cobardía. La duda, traición.  
Por eso conviene hacerse una pregunta sencilla, casi incómoda: ¿y si yo también estoy  
cayendo en esto? ¿Y si algunas de las frases que repito para defenderme ya no me  
ayudan a entender mejor, sino a no mirar mi parte? ¿Y si el enemigo existe, pero no  
explica todo?  
Salir de la comodidad del agravio exige tres cosas difíciles: memoria sin rencor, crítica  
sin traición y esperanza sin ingenuidad. Requiere aceptar que la justicia perfecta rara  
vez llega y que, aun así, vale la pena construir. Significa entender que la autocrítica no  
es debilidad de ningún bando, sino su única posibilidad de grandeza. Las sociedades que  
lo logran no borran su dolor; simplemente se niegan a que el dolor las posea.  
Así nacen muchas formas de fanatismo blando antes de convertirse en fanatismos duros.  
No empiezan necesariamente con gritos ni con banderas, sino con una simplificación.  
Allí donde había causas mezcladas, aparece una causa única. Donde había historia,  
aparece leyenda. Donde había vecinos, aparecen bandos. El mundo se vuelve más fácil  
de entender y mucho más difícil de habitar.  
La tragedia es que el lenguaje del agravio suele aprovecharse de dolores verdaderos. No  
inventa siempre la herida: la administra. Hay líderes que no necesitan solucionar los  
problemas de quienes los siguen; les basta con señalarles cada día quién tiene la culpa.  
Su poder depende de que la reparación nunca llegue, de que la ofensa se renueve y de  
que el enemigo siga siendo necesario.  
Frente a ese veneno, la respuesta no puede ser una moralina cómoda sobre la  
responsabilidad individual, como si todos partiéramos del mismo lugar. Pero tampoco  
puede ser la rendición ante el relato que nos absuelve de todo. La madurez de una  
persona, como la de un grupo, empieza cuando es capaz de sostener dos verdades a la  
vez: que otros pueden habernos dañado, y que no todo lo que somos se explica por ese  
daño; que hay injusticias que deben ser nombradas, y que nombrarlas no debería  
impedirnos actuar.  
Quizá la pregunta más difícil no sea “¿quién nos hizo esto?”, sino “¿qué hacemos ahora  
con lo que nos hicieron?”. La primera pregunta puede ser justa. La segunda es  
imprescindible. Sin ella, el pasado no ilumina: encarcela. La identidad deja de ser una  
casa compartida y se convierte en una trinchera.  
Hay comunidades que avanzan cuando convierten el dolor en responsabilidad. Y hay  
otras que se detienen cuando convierten la responsabilidad en dolor. A fuerza de repetir  
que la culpa siempre viene de fuera, pueden terminar entregando fuera también su  
libertad. Porque quien necesita un culpable para explicarlo todo acaba necesitando  
también un amo que se lo señale cada mañana.  
Y la libertad, al final, consiste precisamente en aprender a vivir sin amo ni excusa  
perfecta.

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