
Después del baño de fuego y del baño de lodo llega la resaca.

Aunque todavía nos quedan muchas aventuras por vivir, aventuras de las que ni siquiera sabemos cómo afectarán a nuestro entorno.
El fuego nos sobrepasó en muchas partes del valle, y las consecuencias se harán visibles tras el paso de las motosierras. Las primeras lluvias abrieron las gargantas, arrastrando barro y piedras que habían quedado sin vegetación que las sujetara. Fue entonces cuando comprendí el verdadero valor de una zarza: para la naturaleza, no es simplemente una planta molesta que nos araña al pasar, sino una pequeña red de sujeción que ayuda a retener la tierra y las piedras.
El agua se llevó puentes y anegó muchas fincas, transformando lugares que hasta hacía poco conservaban su estado original. Ahora nos quedan las máquinas, sacando árboles y removiendo esa tierra. Y nosotros, cruzando los dedos para que no se nos venga encima en forma de barro, al haber perdido buena parte de la vegetación que la sujetaba.
Porque el verde de los brotes que aparecen después del incendio no es solo esperanza. También es vida que vuelve, raíces que empiezan a trabajar y vegetación que, poco a poco, contribuye a afianzar y sujetar el suelo. La naturaleza no solo necesita que la protejamos del fuego; también necesita que entendamos lo que ocurre después de apagarlo.
Pero después de la resaca llegan las reflexiones. Y hay una que me perturba, aunque al mismo tiempo me resulta demasiado familiar: la vida sigue… ¿pero hemos aprendido algo?
El otro día estábamos dando una charla en una urbanización de unos mil doscientos chalets. Éramos un grupo de profesionales de la extinción, cada uno aportando sus conocimientos desde su especialidad. El fuego había entrado por la parte suroeste.
Al llegar en coche, observé algo que me llamó poderosamente la atención. En las zonas que no habían resultado afectadas, pero que podían sufrir el impacto de otro incendio si este entraba desde diferentes puntos cardinales, la vida continuaba con absoluta normalidad. La gente disfrutaba del fin de semana, montaba en bicicleta, jugaba al tenis… Todo seguía como si una semana antes no hubiera habido un gran incendio que había puesto en peligro sus vidas. Y pensé: al fin y al cabo, la vida sigue.
Llegué al centro donde se celebraba la charla. Allí había unas cincuenta personas, la mayoría afectadas por el incendio. Solo había una concejala del ayuntamiento, a la que también se le había quemado la casa. Y entonces hice una sencilla reflexión: de más de mil chalets, habría miles de personas que, de una manera u otra, deberían estar preocupadas por la seguridad de sus viviendas, de su entorno y de sus propias vidas. Pero no.
No habían acudido a informarse sobre cómo proteger sus propiedades y reducir los riesgos ante un futuro incendio. Aquello me resultaba familiar. Una vez más, me reafirmaba en algo que llevo tiempo pensando: quizá el meteorito termine cayéndonos encima porque nadie se ha molestado en mirar hacia arriba. O quizá sea cierto que la mayoría de las personas son personajes no jugables, como en los videojuegos. (Ironía, por supuesto).
Personas que parecen vivir ajenas a su propia realidad, siguiendo una rutina mecánica, como si los acontecimientos que suceden a su alrededor no tuvieran nada que ver con ellas. También pensé que tal vez estuviéramos ante una enorme dosis de pasotismo y apatía, una especie de niebla que parece extenderse por todas partes.
Pero el verdadero jarro de agua fría todavía estaba por llegar. Cuarenta mil para prevención. Doscientos cuarenta mil para festejos. Durante la charla, el moderador preguntó a la concejala cuál había sido el presupuesto destinado a prevención, tanto para el pueblo como para la urbanización. Su respuesta fue de esas que te hacen detenerte un momento: 40.000 euros para prevención. 240.000 euros para festejos.
Seis veces más dinero destinado a festejos que a prevención. No se trata de estar en contra de las fiestas. Las fiestas forman parte de la vida de los pueblos, de sus tradiciones y de su identidad. La gente necesita celebrar, reunirse y disfrutar. Pero, ¿de verdad tenemos tan claras nuestras prioridades?
Aquella respuesta me llevó a investigar los presupuestos de otros pueblos cuyos entornos habían sufrido incendios, comparando las cantidades destinadas a prevención con las dedicadas a festejos. En los casos que revisé, las cifras oscilaban entre 15.000 y 50.000 euros para prevención, frente a cantidades de entre 150.000 y 300.000 euros para festejos. Aquellos datos me reafirmaron en algo que ya sabía, aunque no por ello deja de sorprenderme: nos extinguimos. Tranquilos, es ironía. Pero quizá no tanta.
Tal vez el meteorito termine cayéndonos encima porque seguimos sin enfocar nuestros esfuerzos en aquello que resulta verdaderamente importante. Y esto me lleva a una afirmación que quiero dejar clara: no hay que dejar de celebrar fiestas. No se trata de vivir permanentemente preocupados, ni de convertir nuestros pueblos en lugares sin alegría. Se trata de dar a cada cosa la importancia que merece.
Porque, cuando existen necesidades básicas sin cubrir, riesgos que se pueden reducir y problemas que llevan años esperando una solución, resulta difícil comprender que no seamos capaces de establecer prioridades.
La cigarra, la hormiga y las lamentaciones
Hay una vieja fábula que todos conocemos: la cigarra y la hormiga. Una disfruta del presente sin preocuparse demasiado por el mañana. La otra trabaja para prepararse ante lo que pueda venir. Y yo me pregunto: ¿en qué punto estamos convirtiendo nuestros pueblos en una sociedad de cigarras?
Porque después del incendio llegan las lluvias. Después de las lluvias aparecen los arrastres, el barro, los daños en los caminos, los puentes afectados y las fincas anegadas. Y después llegan las preguntas: ¿Por qué ha ocurrido esto? ¿Por qué nadie lo había previsto? ¿Por qué no se habían tomado medidas? Pero algunas de esas preguntas deberíamos hacérnoslas antes de que llegue el desastre.
La prevención no siempre luce. No llena las plazas como una orquesta, no reúne multitudes como una verbena y no suele convertirse en protagonista de las conversaciones. Una franja de protección bien mantenida, una red de hidrantes operativa, un vehículo de emergencias equipado o una planificación adecuada de la interface urbano-forestal no suelen despertar grandes aplausos. Hasta que hacen falta.
Entonces descubrimos que aquello que parecía poco importante podía marcar la diferencia. Y es que de poco sirve llorar por lo que no se supo gestionar si no estamos dispuestos a aprender de nuestros errores. Las lamentaciones no sustituyen a la planificación, del mismo modo que una fiesta no sustituye a la prevención.
Preguntas cruciales
¿En qué queremos invertir el futuro de nuestros pueblos? Cuando hablamos de presupuestos municipales, hablamos de decisiones que afectan directamente a la vida de las personas. Hablamos de casas que necesitan reparaciones, de medio ambiente, de vehículos de emergencias, de personal debidamente equipado, de agua, de hidrantes, de espacios infantiles, de colegios y de polideportivos. Hablamos de necesidades que no siempre pueden esperar.
Por eso creo que debemos preguntarnos qué queremos priorizar y qué estamos dispuestos a hacer para que nuestros pueblos sean más seguros, habitables y resilientes. No basta con reaccionar cuando el fuego ya ha entrado en nuestras casas. No basta con lamentar las inundaciones cuando el agua se lleva los puentes. No basta con recordar la importancia de los bomberos forestales cuando las llamas amenazan nuestras vidas.
La prevención exige anticipación, inversión, responsabilidad y, sobre todo, voluntad política y compromiso ciudadano. Porque esto es una rueda en la que muchas veces todo vuelve a repetirse. Cambian los escenarios, cambian los nombres de los pueblos, pero los problemas siguen siendo demasiado parecidos. Y después de cada desastre volvemos a empezar, como si no hubiéramos aprendido nada.
Un llamado a la acción
Por eso, mi pregunta es sencilla: ¿Seguiremos gastando en fiestas mientras dejamos sin atender necesidades mucho más importantes en nuestros pueblos? ¿O seremos capaces de encontrar un equilibrio razonable entre celebrar lo que somos y proteger aquello que tenemos?
Porque yo quiero que haya fiestas, música, alegría y plazas llenas. Pero también quiero pueblos preparados para afrontar un incendio, caminos seguros, agua disponible, infraestructuras mantenidas y personas protegidas. Quiero que el dinero público sirva para disfrutar del presente sin hipotecar la seguridad del futuro.
Y si después de un incendio, de unas inundaciones y de todo lo que hemos vivido seguimos sin entenderlo, quizá el problema no sea que no veamos venir el meteorito. Quizá el problema sea que lo estamos viendo venir y seguimos mirando hacia otro lado.
Así que, mientras tanto…
¿Qué será lo siguiente? ¿Prevención, planificación y responsabilidad? ¿O un buen presupuesto para las fiestas?
¡Ole, ole y ole!
Uncas Lakota


en los Toros de Guisando el 31 de octubre


Ávila reclama el nombre de "Estación Ávila - Teresa de Ávila" para su estación de tren.






