
festiva pero también desde la reflexión.


El principio de los infiernos
En nuestros pueblos hay vecinos que llevan media vida sin ponerse de acuerdo en casi nada. Discuten de política, del agua, del Ayuntamiento o de cómo deberían hacerse las cosas. A veces ni se saludan. Pero si uno de ellos se desplomara en mitad de la plaza, probablemente el otro sería el primero en correr a levantarlo.
Nadie lo llamaría heroísmo. Lo llamaríamos normalidad. Y, sin embargo, esa normalidad es uno de los mayores privilegios que hemos conocido los seres humanos.
Hay desgracias que nos parecen pertenecer a otros tiempos: la peste, las hambrunas, las guerras. Las encontramos en los libros de historia o en las noticias de países lejanos. Nos estremecen, pero después cerramos el libro, apagamos el televisor y seguimos con nuestra vida. Quizá porque nos cuesta imaginar que algo semejante pueda sucedernos a nosotros. Nuestros abuelos también se creían a salvo.
De todos esos horrores, pocos son comparables a la guerra. Los libros de los vencedores hablan de gloria, de honor y de sacrificio, pero quienes la vivieron conocieron sobre todo el miedo, la pérdida y el sufrimiento. Los muertos no distinguen entre vencedores y vencidos.
Y todavía hay algo peor.
El infierno del infierno son las guerras civiles.
Porque en ellas el enemigo conoce el camino de tu casa.
Es aquel con quien compartías la cosecha, las fiestas, las conversaciones en la taberna. A veces es tu primo o tu hermano. Una vieja disputa por una linde puede acabar en una denuncia. El vecino que ayer te prestaba su escalera mañana puede tener que decidir si te esconde o te delata. Y cuando todo termina, los supervivientes deben seguir viviendo en las mismas calles, frente a las mismas puertas, entre recuerdos que tardarán generaciones en apagarse.
¿Cómo pudieron llegar a semejante locura personas que hasta entonces habían convivido en paz?
Nadie imagina el final cuando empieza a recorrer el camino.
Primero fueron las palabras. El adversario dejó de ser alguien equivocado para convertirse en alguien malvado. Después llegaron las sospechas, los insultos, la convicción de que con determinadas personas no se podía razonar. Poco a poco, su sufrimiento dejó de despertar compasión.
Hasta que un día alguien justificó una agresión. No estaba bien, desde luego, pero algo habría hecho. Y otro respondió que con esa gente no cabían contemplaciones.
Cada paso hizo un poco más fácil el siguiente.
Lo terrible es que ninguno parecía conducir necesariamente a una tragedia. Eran discusiones, exageraciones, bromas crueles, palabras dichas en caliente. Y así, mientras cada cual seguía convencido de defender lo justo, fue desapareciendo algo más importante que tener razón: la capacidad de reconocer a un semejante en quien pensaba de otra manera.
Las guerras tienen causas mucho más complejas que las palabras, y no todas las sociedades que se acostumbran al desprecio terminan en una. Afortunadamente. Pero cuesta encontrar una guerra civil que no haya necesitado antes acostumbrar a sus gentes al desprecio.
Algunas de aquellas expresiones resultan hoy inquietantemente familiares. Que media España es una amenaza para la otra media. Que el adversario no se equivoca, sino que actúa por maldad. Que hablar con él es una forma de traición. Las escuchamos en las redes sociales, en las tertulias, en boca de quienes nos gobiernan o aspiran a hacerlo. Y cada vez nos sorprenden menos.
Quizá, mientras leíamos estas líneas, hayamos pensado en algún político o en algún tertuliano concreto. Es fácil reconocer esas palabras cuando las pronuncian los otros. La pregunta incómoda es otra: ¿cuántas veces las hemos disculpado cuando venían de nuestro lado?
No hace falta renunciar a nuestras convicciones ni fingir que todas las responsabilidades son iguales. Hay injusticias que combatir y mentiras que denunciar, y una sociedad libre necesita la discrepancia. Lo que no necesita es convertir al discrepante en un ser despreciable.
Todavía podemos discutir sin odiarnos. Negarnos a repetir una mentira aunque favorezca a los nuestros. Reconocer una razón aunque la tenga alguien a quien detestamos. Son decisiones pequeñas. También lo fueron muchas de las renuncias que precedieron a las grandes tragedias.
A veces creemos que los grandes horrores empiezan con un disparo. Quizá deberíamos prestar más atención a las palabras que lo preceden.
Y ojalá, dentro de muchos años, cuando uno de nuestros nietos se desplome en mitad de la plaza, el vecino con quien lleva toda la vida discutiendo siga siendo el primero en correr a levantarlo.
Todavía somos vecinos.







